Sólo tengo una regla para la primera cita: IMPEDIR A TODA COSTA LAS HAMBURGUESAS.
No sé si soy la única pero las hamburguesas y yo nunca nos hemos llevado bien al momento de impactar a un muchacho. Mejor dicho, si he impactado, pero no fue el tipo de impacto que lleva a sucesivas citas. Para mí, las hamburguesas son más ricas cuando las salsas -en especial el ají- rebalzan por todos lados, y llevan mucho tocino, queso y huevo, cosa que hace que mi boca se abra a dimensiones insospechadas para dar el primer glorioso mordisco, lo que a su vez provoca que mis cachetes se embarren de salsas… Supongo que eso no es muy atractivo para quien me ha tenido en su mente retratada cual princesa.
A lo que voy es que cuando sales por primera vez con alguien, y más cuando estás en la etapa del “afane”, quieres que la situación sea perfecta: te pones la ropa que mejor te quede (claro, lo escogiste después de modelar tu guardarropa entero frente al espejo de tu cuarto), exterminas tu lado imprudente, malcriado e indiferente y te quedas con el lado cortés, tierno, atento, inteligente y hasta gracioso, guardas compostura en todo momento, y -si es que van a comer- haces uso de todos los modales que a tus padres les costó tanto inculcar.
Si todo va de maravilla, se inicia la relación y poco a poco la imagen “perfecta” que diste en la primera cita se va corrompiendo con manías, malos hábitos, terribles costumbres y defectos que parecen imposibles haber escondido durante los tiempos dorados de conquista. Lejos de considerarlo detestable, creo que esto no está mal, ya que el mostrarte imperfecto es parte de la compenetración que se tiene con la persona que nos acompaña. Es genial…es decir, todo me parecía perfecto y genial hasta que traspasé algo que pensé no hacerlo hasta cuando esté casada y muy enferma: LA BARRERA DEL PEDO.

Sucedió en año nuevo. C y yo habíamos llegado de almorzar y yo me fui a recostar un rato. Me sentía pesada, el tamal verde con cebolla que había almorzado no me había caido bien. Supongo que después de una noche de juerga, el comerse un tamal verde con cebolla no es tan recomendado como el ceviche. Comerse dos tamales cae mucho peor. Me recosté en la cama ingnorando los sonidos que emitía mi barriga. Poco después entra mi novio y me empieza a hablar de “no sé que”, me disponía a abrir la boca para soltar palabras que continuaran la conversación, pero solté otra cosa y no por la boca. Mi novio empezó a burlarse de mí y yo no atiné a más que taparme la cara con la almohada y decir “perdón, perdón, perdón,perdón”.
Lo había hecho. Había cometido el más grave de los sacrilegios en una relación. Había traspasado LA BARRERA DEL PEDO, y lo que lo hacía peor, era que la había traspasado poco después de cumplir UN MES. La había traspasado con uno sonoro y oloroso. No había manera de caletearla. Sentí que todos mis esfuerzos por sacar a flote lo mejor de mí- aun después de haber puesto al descubierto los miles de defectos que tengo- se habían reducido a una burla. Muy raras veces se me escapa uno fuera del baño, cuido mucho eso, y justo me tenía que pasar frente a la persona para la que yo me arreglaba todos los días, quien me tenía que ver “siempre regia”, quien debía ver en mí – al menos la mayor parte del tiempo- una dama con todas las letras de la palabra en mayúscula.
Maldije los dos tamales verdes con bastante cebolla que una hora antes había idolatrado. Maldije que no haya sido Ale la que entre al cuarto. Y maldije que los seres humanos no podamos controlar ciertas acciones del cuerpo. Para mi novio no pareció ser la gran cosa. Era un pedo igual al que se tiran todos los seres humanos, pero para mí era algo mucho más que eso. El tirarse un pedo era mostrarse espantosamente desagradable, algo impermisible en una relación que esté fuera del matrimonio. Habiéndose ya burlado cuanto se le antojó, C no me tocó el tema y actuó como si nada hubiera pasado. A mí no me quedó más que hacerme la “normal”. Y fue esa la primera vez que mi novio olió en mí algo más que el perfume que me regaló. Fue en ese momento cuando empecé a comportarme con más naturalidad y le perdí la vergüenza. Con esto no digo que tome tire pedos a diestra y siniestra frente a él, lo que estoy diciendo es que le tengo mucha más confianza. Una vez traspasada la barrera del pedo, las cosas se me han hecho más llevaderas porque soy libre de mostrarme 100% humana.
No sé si todos ven la gravedad y relevancia que yo reconozco en el pedo, sin duda alguna sé que es algo que uno prefiere hacer en cuatro paredes, en la privacidad del baño, apuntando al inodoro y donde el único intoxicados sea uno mismo.