Rosa lleva con su enamorado casi 6 años. Él le propuso matrimonio en setiembre del año pasado, y desde entonces llega a la oficina con una sonrisa más grande que la usual. Han ahorrado y están por comprarse su depa. Si todo marcha bien, se casarán en setiembre.
Relaciones como las de Rosa y su novio son realmente evidiables. Se han apoyado el uno al otro desde un primer momento. Cuando la mamá de Rosa falleció, él estuvo a su lado y sostuvo su mano junto al féretro. Pasó lo mismo cuando él, por falta de dinero, casi no termina su carrera; Rosa lo apoyó con su sueldo de practicante y se llenaban con galletas de soda a la hora de almuerzo; esperaban las 6 de la tarde para encontrarse y almorzar en la casa de alguno de ellos.
Hace menos de un mes los planes de Rosita cambiaron totalmente. Hace poco menos de un mes, su novio llegaba a casa después de haber estado con ella toda la tarde. Las ventanas del auto estaban cerradas y la música estaba a todo volumen. Cuando toco el claxón para que le abrieran, salió su mamá a recibirlo como todas las noches, con cada uno de sus hijos.
El volumen de la música no le permitió escuchar los gritos de su mamá. Cuando se dio cuenta que su madre trataba de advertirle algo, bajó presuroso del carro y dos tipos le dispararon en la cabeza.
En pocos segundos una madre había perdido a un hijo, y una mujer había perdido a quien iba a ser su esposo en tres meses. Mamá corrió a abrazar a su hijo, pero lógicamente éste ya estaba muerto.
“La muerte nos llega a todos, debemos estar preparados”, se dice. La muerte llega a todos, sí, pero no hay que hacer que llegue. No se puede tomar la vida de una persona tan campantemente. Al enterarme de la noticia sentí una tremenda pena por Rosa, pero más fue la impotencia e indignación al sentir tan cerca la existencia de gente que merece el peor de los castigos. Gente que toma vidas sin pensar si quiera que no están quitando sólo la vida de la víctima, sino que están dañando irremediablemente la vida de quienes lo rodean. Gente que puede asesinar a alguien por ajustar cuentas, por plata, o porque se equivocó de blanco. Y esto pasó en este caso.
El enamorado de Rosa no debió morir, él no era con quien los monstruos – porque no se les puede llamar personas- tenían cuentas pendientes. El del roche era el hermano, el policía que había apresado a dos integrantes de la banda, y en vengaza la banda iba a tomar su vida. Los matones habían estado esperando a que llegue el carro de la familia- que usualmente manejaba el hermano policía- para dispararle en la cabeza al conductor. Ese día el policía no se subió al carro; sí, su hermano menor.
Ese hermano menor y novio de Rosa- por razones obvias no he dado el nombre- tenía un futuro, mucho por entregar, era una buena persona, lleno de aspiraciones y a punto de cumplir su más grande sueño: casarse con su novia.
Todo eso se truncó por la presencia de gente indeseable, gente que está de sobra en el mundo y que procrea-no siempre, pero sí muchas veces- gente igual a ellos. Gente que es una vergüenza para nuestra especie, que despierta las ganas de venganza en los demás. Gente que es como un virus que invade tu computadora, te hace perder información importante y termina por malogrártela, claro que en este caso no jode una computadora sino que jode la vida de las personas que tuvieron la desgracia de cruzarse con él.
¿Acaso ese policía no querrá salir matar a quienes mataron a su hermano en frente de su madre? ¡Qué terrible debe ser la posición de la señora, quien sentirá que pudo haber hecho algo por su hijo, de haber gritado más fuerte! ¡No hay madre que desee eso! ¡No hay familia que supere fácilmente tremendo golpe! ¡No hay novia que acepte que por un “ups” le quitaron a su novio!
¿ Qué estaban tratando de vengar los delincuentes? ¿Acaso los que fueron apresados no merecen estar en la cárcel? En mi opinión merecen eso y mucho más. Merecen ser usados como inodoros por haber generado la desgracia de muchas familias. A veces quisiera que todas las escorias de la sociedad sean metidas en barcos y sean hundidos para que no vuelvan a dañar a nadie más.