Antes de empezar, anuncio que haré caso a las siempre bienvenidas sugerencias de lectores de “El día que me quieras”, y trataré de hacer mis textos más cortos y digeribles. Chapezón…..
Ahora sí. Empecemos…
Últimamente vengo realizando comportamientos impropios de mi persona. ¿A qué me refiero? A que últimamente yo, la enemiga number one de las escenas de celos, la que no se hacía problemas porque la pareja hable o mantenga contacto con la/el ex, la que podía dormir tranquila mientras el enamorado toma con sus patas o está en una reu, me veo envuelta por una serie de sensaciones desagradables, causantes del deseo incomprensible de saltar y arrancarle los pelos a la primera que se le acerque a mi “Bruss” (para tí amigo negro, que pensaste que era una inculta, me permito escribir correctamente el nombre con el cual han apodado a mi panzón: “Bruce”).
Ni bien veo a una fémina ligeramente o poco atractiva que mira a mi novio- ojo no te estoy pintando como churrisisisismo, querido Bruss- me acerco, lo abrazo, o cuando menos, volteo y la miro fulminantemente, dejando entrever que en ese momento deseo que sea succionada por algún agujero negro para que deje de ser tan descarada y muestre algo de respeto.
Durante estas fiestas me gané con todo tipo de miradas, comentarios, comportamientos, insinuaciones hechas por chicas que usan sus mejores escotes (no siempre se ven bien porque caen en lo bulgar) para atrapar al primer iluso que se cruce y entablar algo de una noche. Seductoras, apoyadas junto a la barra esperando sus tragos, bebiendo de manera muy sugerente sus daiquiris margaritas.
A un par les metí cabe, pero hubo otro par que fueron duras de roer. Estábamos en el Canana- un pub medio fichón al que fuimos invitados la noche del 27. Ni bien llegamos examiné el lugar y me di cuenta que junto a nuestra mesa habían dos mujeres solitarias, dispuestas a levantarse a cuanta posible presa se les presentara. Yo las miraba de reojo. Caleta, claro. Y me di cuenta que no eran como las diminutas a las que había metido cabe, o mirado mal las noches anteriores. Éstas eran de peso pesado, dos trailers ante los cuales yo parecía una moto lineal.
Empeñada por alejar sus miradas, me llevé a Bruss a la pista de baile. No contaba con que las reses eran tan abesadas, y nos iban a seguir. Le empezaron a bailar. Yo, que me sentía un liliputiense a su lado, me dije : o te unes al chongo o ellas te pegan. Y así fue como terminamos bailando las tres con “nuestro” parejo. Cuando empecé a ver la cara de Bruss, él estaba algo incómodo y nos alejamos, pero ellas lo seguían. A mí no me quedaba otra más que reirme. Me rei y me rei, hasta que al momento de regresar a la mesa, Bruss me confesó que le habían estado tocando el poto todo el rato.
Indignada me levanté. Estaba dispuesta a enfrentar a esas mamuts y ponerles el pare educada pero tajantemente. Me iban a hacer mierda. “Ya pues, si se ponen agresivas, tendré que intentar defenderme”,dije ante la certeza que me gomearían. De todos modos, Bruss me ayudaría.
Suerte la mía. Ellas ya no estaban. Y ya eran las 5am, teníamos que retirarnos.