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“Yo no soy feo”

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Todos los días pocos minutos antes de las 7 de la mañana, mi pequeño hermano Víctor (10 años, recien cumplidos) se para frente al espejo del cuarto de mi mamá a terminar de alistarse para ir al colegio.

Yo lo he venido observando hace- no miento- años, y todas las mañanas después de bañarse, se dirige a su cuarto a ponerse el calsoncillo, camisa, short, medias, zapatos. Luego va al gran espejo del que ya les hablé y se da los últimos toques para quedar “presentable”. Nunca le vi nada de malo al asunto de la “arreglada” matutina. Es más, me pareció excelente que mi hermano se preocupe por irse impecable a clases, pero ayer quedé impactada con lo que vi, y más aún con la respuesta que me dio: “Yo no soy feo”.

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Víctor y yo salimos de la casa temprano en la mañana, por lo que es de suponer que nos levantamos tempranísimo y nos alistamos al mismo tiempo. Ayer mi hermano me había ganado, y cuando yo recién me levantaba, él ya se había bañado. Salí de mi cuarto con los ojos medio cerrados y bostezando. De pronto, mi boca se cerró “en una” y mis ojos se abrieron enormemente al ver a mi hermano frente al espejo. No estaba vestido, como todas las mañanas desde hace años. Estaba parado de perfil, en BÓXER. Se miraba la panza semi-gracienta (muy común en los niños de esa edad), para después mirársela de frente. Tenía el cepillo en la mano y se hacía el mismo peinado “para atrás” pero colocaba su cuerpo en distintos ángulos, mientras acomodaba su cabello. Del impacto no dije nada.

Esperé a estar lista para acercarme a él- ya vestido- y le dije: “Oye feo-perfeo, qué tanto te miras al espejo. Se va a romper”. A lo que él respondió: “¡Va! Pero si yo no soy feo. Aquí la única fea eres tú”. No atiné más que a decirle: “Ah…rico te juras, mocoso. A ver dime… si no eres feo, entonces qué eres?”

Pensé que Víctor se quedaría sin respuesta, ya que cuando a mi me preguntaban decía “yo soy una niña normal”. Como sabía que no había forma de que a Víctor se le ocurra esa frase, asumí que se quedaría callado…y así fue. No dijo una palabra. Sólo me miro a los ojos me guiñó el ojo, me sonrío y soltó un “tsssssssssss”.

Me cagó en una. No atiné a más que soltar la carcajada. Me di media vuelta. Abrí la puerta para irme a trabajar y le dije:“Oye feisisísimo vamos para llevarte al cole”…. “Oye ya te dije que yo no soy feo”

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Mi profe

Enero de 1996. Casi a punto de cumplir 10 años, mi mamá decidió que yo retomaría mis clases de natación. Como toda madre tenía la ilusión que su hija destaque en algún deporte, y qué mejor que la natación, ”el más completo”. Al principio me rehusé a ir a las clases, estaba de vacaciones y yo quería irme a la playa como lo había hecho los últimos tres veranos, pero mi mamá decidió que esos tres meses resultarían bastante provechosos para sus hijas.

Llegué a la piscina con los ojos hinchados por el berrinche que había armado en mi casa, mas mi cara de poto cambió cuando vi a mi mamá hablando con mi profesor. Muy contraria a la imagen mental que había fabricado (dícese de un señor mayor, gordo, pelado, bigotón),  mi instructor de natación era un muchacho de- calculo- 22 años, delgado, ligeramente bronceado, pelo negro y ojos verdes (o un color casi casi verde, no recuerdo bien).

Inmediatamente me acerqué a presentarme y a manifestarle mi interés por practicar el “mejor deporte de todos”. Mi profe me miraba sonriente y mi mamá no podía creer lo que estaba escuchando. Mi tercer amor platónico – el primero fue Pablito Ruiz (que roche) y el segundo uno de los integrantes de Magneto (creo que se llamaba Alex o Alan, más roche aún)- puso su mano en mi hombro y me guió hacia las tablas. Sentí un cosquilleo en la panza y supe que estaba enamorada.

Estaba feliz. Él y yo estaríamos juntos los tres meses, teníamos una cita de 5 a 6:30 de la tarde, de lunes a viernes. No importaba que hubieran 20 niños más en la piscina. Yo sentía que había una especie de campo de fuerza que nos aislaba de todos los intrusos. Primnero vería en mí a su alumna preferida, luego a una excelente nadadora, y con suerte, unos dos o tres años después, a su novia.

Llegó marzo, el último mes de vacaciones. En abril entraría al cole y no lo volvería a ver hasta quién sabe cuándo. Era impensable dejar la natación. Había hecho grandes progresos, hasta me había gustado realmente el deporte. Hablé con mi mamá y le dije que no quería dejarlo, que sería bueno para mi salud y disciplina mantener un deporte en la época de colegio. Mi mamá soprendida de la “madurez” que vio en mi pequeña y regordeta persona, aceptó felicitando mi empeño.

No importaba la cantidad de metros que debía calentar, ni la cantidad que nadaría en el entrenamiento, lo importante era que lo seguiría viendo indefinidamente… Al poco tiempo mi castillo de cloro de pisina de derrumbó cuando me enteré que mi amado profe andaba con una de sus alumnas… obviamente esa alumna no era yo, sino una chica de 17 años…nada guapa, por cierto. Se me aflojó el estómago, no quería verlo…y para colmo ya era muy tarde para retirarme de la natación.

Ahora me acuerdo de mi infatuación – porque a los 10 uno no se enamora- y muero de risa, más aún después de haberlo visto hace poco. El semáforo dio rojo y mi taxi frenó; mi ex profesor y ex amor cruzó la pista. No lo pude creer…los años no pasan en vano. Se había convertido en un gordito con cara de buena gente, mucho menos atractivo, pero con los mismos ojos lindos. En cuanto a mí, me arroché…

Han pasado doce años desde que me enamoré de mi profe…pero al verlo, sentí que volvía a tener 10. Recordé el esfuerzo por nadar los metros que él me pedía, recordé que a los pocos días de enterarme de su enamorada me reventé la frente al lanzarme un clavado y que por eso les tengo pánico, recordé que los casi cuatro años de natación me dejaron unos brazos y espalda que hoy quisiera desaparecer, recordé la asquerosa bata de toalla fucsia que mi mamá me obligaba a usar para ir y regresar del club, y sobretodo recordé que a la hora de nadar los gorros de latex son básicos para mantener el cabello hidratado, puesto que evitan que el cabello se moje.

Push Play

Estoy recontra enferma desde el sábado en la noche. Un desarreglo no identificado en mi alimentación hizo que mi estómago retomara su estado hipersensible, y que toda comida ingerida quiera ser inmediatamente expulsada.

Ayer en la noche, imposibilitada de desgustar alimento alguno, decidí contrarrestar los ligeros síntomas de hambre con entretenimiento vago, y fue así que después de un casi eterno zapping terminé viendo videos de hace 500 mil años. Agarré mi filmadora a cassette- pero de los pequeños, no esos gigantes-, desenterré mis cintas y apreté “play”.

Me embargó una sensación de escalofríos… nostalgia…emoción. Vi a una “Sin nada que decir” de 14 años, cabello ondeado (a esa edad recién empezaron a definirse mis zambos), menos curvilínea y más esbelta, con ligeras imperfecciones en el rostro. Recordé que a esa edad me molestaba por cualquier cosa – supongo que eran las revoloteadas hormonas de la adolescencia-, que uno de mis mayores retos era el de convencer a mi papá de que me diera permiso para quedarme en la fiesta hasta las 2 y 30 am, y que el segundo mayor reto era abandonar la talla 28 y regresar al envidiado 27.

Cambié de cinta y avancé en el tiempo. Era un poco más grandecita, mi cabello ya estaba totalmente ondulado, estaba gorda y segura de haberme enamorado para toda mi vida. En uno de esos videos sale el susodicho. En ese tiempo, mi futuro esposo. Recuerdo que cuando grabé el video, él y yo ya no éramos enamorados (y nunca volveríamos a serlo). Me da mucha risa acordarme que todas las tardes de ese año -absolutamente todas- me sentaba en mi cama y apretaba REW/PLAY/FF para avanzar y regresar a las escenas en donde conversábamos o salía alguna joda entre los dos. Mientras veía las escenas de “amor”, recordaba los coqueteos previos a la escena, los cuales no pude registrar porque mi filmadora estaba cargando.

La cinta se acabó y coloqué la siguiente. Esta vez no encontré a ningún novio ni preocupaciones superfluas. Encontré a mi hermanito. Estaba chiquitito y recontra cabezón, tenía las piernas delgaditas y los brazos largotes. Estaba bailando “Rock around the clock”, intentando seguir la coreografía que mi hermana y yo le indicábamos. La escena siguiente mostraba al enano sosteniendo mi cepillo de pelo rosado, cual micrófono. De rodillas en el suelo y con la mano en el corazón, simulaba cantar la letra de una canción en inglés.

Me emocioné hasta las lágrimas. Llamé a mi hermano para que se vea hacer el ridículo. Lo molesté hasta que se molestó conmigo. Se molestó conmigo hasta que me disculpé con él. Nos abrazamos hasta que lo mandé a bañarse. Se negó hasta que lo amenzacé.

Él fue a sacarse la carca y yo guardé la filmadora. Volví a enterrar mis cintas y mis recuerdos con ellas, pero las emociones que sentí me hacen sonreir aún ahorita, en plena oficina.

Karma

Conversando con mi hermana y mi cuñado, arruinados los tres la noche del sábado, llegamos a un tema que lo he escuchado muchas veces; lo he escuchado tanto de mi abuelita como de mi hermano menor: el KARMA, traducido en el famoso dicho “No hagas a otros lo que no quieres que hagan contigo”, o la frase que hace que nuestra conciencia se retuerza “El mundo da vueltas. El que la hace la paga”

Ni bien tocamos el tema, empecé a pensar en todas la cosas que había hecho en mis relaciones anteriores. Las cosas buenas y las cosas malas. Sí, he hecho cosas de las que no puedo estar orgullosa, pero vamos ¿ quién no?; así como también cosas y detalles que me gustaría que tuviesen conmigo. Las buenas, lógicamente no me preocuparon. Me preocuparon las malas.

Siento que nadie puede jactarse de haber sido siempre el/la enamorado/a perfecto/a. Todos hemos tenido berrinches, hemos tratado mal, hemos peleado sin motivo, o hemos buscado pleito para ir solos a una fiesta, nos hemos descargado con quien no hace más que darnos amor, y muchas veces hemos aprovechado el sentimiento que despertamos en el otro para hacerlo víctima de las más crueles y viles manipulaciones.

Ahora mi pregunta va de esta manera: si alguien se da cuenta de los garrafales errores que cometió en su relación pasada y se arrepiente sinceramente, ¿ el mal karma queda con uno? ¿se revierte la situación? ¿ estaremos por ley de la naturaleza, en algún momento, en los zapatos del otro?

Si la respuesta a todas mis interrogantes resultan ser una afirmación, entonces me anuncio frita, ya que si bien es cierto no he sido la peor basura, tampoco he sido la más linda. Uno aprende de sus errores pasados para no volverlos a cometer en el presente. En el futuro, mucho menos…pero, ¿igual estamos condenados? o sea, ¿ si te equivocas, ya fuiste?

Dicen que la persona de la que más te enamores te hará lo que tú le hiciste a quien más te quiso. Que sólo así se sabrá lo que se siente. Pero qué pasa si pecamos sin intención, si nuestro pecado es fruto de la inmadurez, del engreimiento, del egoísmo y no de las ganas de joder al otro.

Si la persona que más amamos nos hace lo mismo que nosotros hicimos a quien más nos amó, entonces habrá quien a nuestro amado le haga lo mismo que él a nosotros y así sucesivamente. Entonces, ¿siempre será así? ¿ todo es una cadena de “toma tú, que yo recibiré después y más duro”? ¿nuestro karma nos persigue y estaremos siempre karmosos?

Recordamos que cada una había tenido distintos chicos en su vida, y de los galanes que alguna vez existieron, unos eran más recordados que otros…. y no precisamente por haber batido el récord amoroso de hacer que nuestro corazón lata más veces por minuto, sino por diferentes peculiaridades, no siempre agradables al gusto, tacto, vista, oído u olfato.

Uno resultó ganador en el historial de V, y a pesar de no haber estado entre mis galanes anteriores, las dos acordamos en que él sería “El más recordado”. Se trataba de un chico bueno, culto, interesante, cariñoso, inteligente, que no tenía la anatomía ni fisionomía de Brad Pitt, pero era socialmente aceptable, además de ser un caballero y cague de risa. Aparentemente PERFECTO.

Salir con el Sr. Perfecto hubiera sido completamente perfecto si no fuera por un detallito. Un detallito vanal, pero indiscutiblemente necesario para que surja un romance: El Sr. Perfecto era un pésimo besador.

Ante esta afirmación habrá quienes piensen que soy- o mejor dicho, somos- superficiales, que se puede amoldar los labios succionadores de nuestro besucón a nuestra delicada forma de besar, que con práctica y perseverancia se logra el éxito. Error, craso error.

La sensación de estar con un mal besador puede resultar similar a la película Alexander. Se esperó el estreno con gran expectativa: Collin Farrell, Angelina Jolie, Anthony Hopkins, bajo la dirección de Oliver Stone, ambiente épico, la vida de un rey, impresionante estratega y gran conquistador, pero al final resultó- a mi parecer- un bodrio.

V salió varias veces con el chico en cuestión. Cada palabra, cada gesto, cada detalle del caballero le resultaban irresistibles. Quería que el primer beso llegue ya. No podía esperar más, necesitaba sentir el roce de sus labios…

Se miraron a los ojos con deseo, él bajó la mirada centrándose en su boca, ella humedece sus labios ligeramente y él… ¡ataca!

Por la forma en que describió el tan ansiado primer beso, no sólo pude darme cuenta de que fue bastante alejado de lo soñado, sino que además imaginé la boca del susodicho moverse cual desatorardor de water. Definitivamente los apasionados besos del cine de los 50, no fueron un modelo a seguir en dicha ocasión.

Demás está decir que bastó con eso para que todas las sensaciones erizantes que provocaba en ella el besucón, se disiparan en una. No lo choteó abiertamente, pero sí prometió no volverlo a besar.

Es obvio que nadie se atreve a decirle a la persona con quien comparte un beso, que es un mal besador; y si hubiera alguien lo suficientemente honesto, es muy probable que se gane la antipatía y odio del criticado.

Entonces…¿ hay manera de saber si somos buenos besando?, ¿cómo sabemos que la otra persona disfruta del intercambio salival que le ofrecemos? 

¿Se me ve gorda?

¡No me mientas, ¿me he engordado, no?! ¡Sé cruel y dímelo sin asco! ¿ Se me sale mucho el rollo?

Estoy segura que la mayoría -si no es que todos- de mis amigos han escuchado salir esas frases de mi boca. Algunos son sinceros y me dan respuestas afirmativas o negativas. Otros, cansados, me responden “Ay, Huara. Ya te dije que no”, y la verdad no me la creo.

No es cuestión de complejo. Es cuestión de vanidad.  Cuestión de querer verse bien y llenar el ojo propio y por qué no el ajeno.

Admitámoslo, casi todas las mujeres tenemos el afán de competir y lograr ser la más bonita, la mejor vestida, la del mejor cuerpo, etc. No estoy diciendo que sea algo que rija nuestras vidas, pero es algo de fundamental importancia y que deseamos todas… aunque muchas lo hagan en secreto y proyecten a los demás que no les interesa.

No digo que toodo el día estemos pensando en qué tan gordas nos veamos, pero sí lo pensaremos antes de irnos a una fiesta, ir a la disco, o simplemente salir a la calle.

Al momento de comprarnos ropa, se conocerá al triunfador de la batalla contra la balanza. Si entramos en el pantalón- teniendo en cuenta que los pantalones son nuevos y vestirán nuestro cuerpo por primera vez, y no habrá manera de engañarnos haciendo sentadillas que lo puedan estirar- seremos ganadoras; nos invadirá un sentimiento muy parecido al de Rocky después de vencer a Ivan Drago, y vengar la muerte de Apolo. No habremos vencido a golpes a un gigante ruso, pero habremos vencido a un enemigo mucho más temido: el enorme rollo que ha nacido poco más arriba de las caderas (en los casos más críticos invade la zona de la cintura y borra caderas, haciéndonos adoptar la forma de circunferencia), ese infeliz personaje que ha crecido y se ha desarrollado, derrotando nuestra voluntad y calmando -por momentos- nuestra concupiscencia. Tampoco habremos vengado a nuestro mejor amigo, pero sí a una ex gordita que no podía vestirse a la moda.

Si por el contrario no entramos en el pantalón, o el polo que nos gusta es blanco y revela las hamburguesas post juerga, las pizzas ingeridas en momentos de angustia, las limpiezas profundas del refri durante el aburrimiento, viene la histeria y ganas de regresar a la época en que la gordura era amiga de la belleza. Al vernos imposibilitadas de viajar en el tiempo, nos convertimos en la versión criolla de Bridget Jones y asumimos el difícil compromiso de perder peso, aunque en el fondo sepamos que al igual que las veces anteriores, la resolución tomada zozobrará frente a nuestro deseo de comer.

Frente a esta situación me permito hacer una petición a los caballeros: si una chica les pregunta si está gorda o no, preparen las palabras adecuadas, demórense un poquito y obsérvenla bien, y después de haber seleccionado y ordenado las palabras próximas a salir de su boca, díganle la verdad. Aunque no nos guste muchas veces, en el fondo lo agradeceremos. Es bueno contar con el ojo crítico de alguien, y si es del sexo opuesto, pues mejor.

Por mi parte no pierdo la esperanza de que llegue el día en que a los hombres se les imponga unas medidas ideales (tipo 90-60-90 versión masculina), y cuando ese día llegue, prometo ser la más honesta y decirle al caballero preguntón qué tan gordo está.

En cuestiones amorosas, la más grande diferencia de las chicas de hoy y las chicas de hace algunos años, es la facilidad de envolverse y desenvolverse en sus relaciones.

Hace unos cuantos años atrás era casi impensable que las chicas aceptaran a un muchacho sin previo afane de – por lo menos- 6 meses. Y ni que decir de una chica tenga una vida sexual activa y no una pareja estable; la que lo hacía era una golfa y no merecía tener a un chico que la respete. No podía concebirse que una chica esté con un chico y a los 3 meses esté pensando en salir con otro. Mirar a otro que no sea tu pareja era pecado, y aceptar bailar con un especímen que no sea tu enamorado o tu mejor amigo extremadamente feo, no se podía.

A lo que voy es que la mujer de hoy ha cambiado un huevo y la palabra Diversión se ha vuelto el himno del sexo femenino. Si hay alguien que encarna a esta nueva mujer sin limitaciones obligatoriamente autoimpuestas, es mi amiga Bea. Cada que conversamos y la veo tan suelta, tan ella, tan orgullosa de lo que es y lo que quiere, sin miedo de ir sobre lo “correctamente” establecido, recuerdo a Samantha Jones de Sex and the City.

Sin ser una golfa, Samantha representa a la mujer que muchas quisiéramos ser, y no me refiero a ejercer nuestra sexualidad cuando se nos venga en gana, o todas las noches con alguien diferente, sino a que ella es ella sin miedo a lo que los demás puedan decir. Se viste como quiere. Conoce a quien quiere. Chapa y hace cositas más con quien quiere, y no tiene remordimientos. Habla como quiere. No juzga ni permite ser juzgada. En otras pálabras, es LIBRE. 

¿ Cuántas no quisiéramos ser como ella? ¿ Cuántas no queremos salir a la calle como se nos venga en gana sin tener miedo a que un desadaptado venga y nos diga cosas asquerosas, o nos meta la mano? ¿Cuántas no hemos querido ligarnos a un pata y no tener que pensar al día siguiente en “quiénes me vieron”, o justificarnos diciendo “estaba muy mareada, la cagué”? ¿ Cuántas no hemos querido mandar al diablo lo que nos ha impuesto la sociedad y ser nosotras mismas?

No estoy defendiendo el hacer lo que uno quiere pisoteando a los demás. Estoy hablando de que si una chica está sola, no tiene compromiso, y por lo tanto a nadie quien pudiera resultar herido con sus acciones, ADELANTE!

Sí chicos, las mujeres queremos divertirnos y a lo grande!